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En la orilla

¿Seria mejor para el colombiano común no hacer cálculos sobre los votos que pueda sacar cada uno de los candidatos a la presidencia y no ilusionarse con ninguno?¿ Es más importante para millones de compatriotas dejar que otros escojan quien nos gobierne? Como se han ido poniendo las cosas y el aburrimiento que fue envolviendo los debates y la campaña, no hay duda que media nación va a dejar que la otra media lo haga.

¿Estaremos preocupados de verdad los colombianos por el porvenir de Hidroituango y por las consecuencias financieras que tenga EPM si la aseguradora Mapfre y la reaseguradora Hannover se nieguen a admitir que los daños en Hidroituango fueron culpa del destino y de la naturaleza y que decidan no pagar el seguro porque la causa real fue un error repetido en la construcción, que volvió fragilísima la montaña abriendo túneles con explosiones demasiado pegadas unas de las otras? No parece porque el futuro de una empresa tan paisa y tan verraca como EPM no le interesa sino a una élite que asume por todos la responsabilidad de mantenerla en pie.

Tampoco parece que al país le preocupara que los elenos no hagan tregua o que los disidentes de las FARC sigan jodiendo. Para eso hay  otros que se preocupen, y políticos y militares que se entiendan de ese lío.

En otras palabras, como que es mejor que no pensemos por los demás, no  botemos corriente, dejemos que todo pase que sin presidente este país no se queda y sin la energía de EPM no nos vamos a morir.

@eljodario

Caña o Agua

La propuesta electoral de Gustavo Petro de que el holding de Ardila Lulle le venda el Ingenio Cauca si es el presidente,en vez de poner en discusión muchos de los problemas que el Valle del Cauca tiene con el monocultivo de la caña, ha abierto una renovación de la imagen de expropiador castrochavista  que siempre le endilgaron los uribistas a Petro y, aunque satisface sus instintos políticos primarios, muestra al candidato de la izquierda como el gran asustador.

Pero lo    que debía ponerse sobre la mesa de discusión no es por cuanto votos le va a ganar Petro al candidato de Uribe y a los demás, sino hasta donde tiene razón con sus planteamientos sobre el monocultivo de la caña de azúcar en  el valle geográfico del rio Cauca, donde hoy llegan  a 220.000 hectáreas de caña  ,cultivadas por 4 mil pico de propietarios y procesadas en 14 ingenios azucareros.

Si esas 220 mil hectáreas sembradas hoy de caña lo fueran de aguacate, que es la moda exportadora en el mundo, habrán hecho la cuenta los sabios de la Universidad del Valle. que trajeron por estos días a un nago  a hablar de la explotación inmisericorde del agua del subsuelo valluno, sobre cuanta sería  la cantidad de litros por tonelada de aguacate que se gastarían?. En Chile ,donde la guerra del agua se avecina, los sembrados de aguacate requieren dizque  diez mil litros por tonelada de aguacate. Pero y la caña, cuanto se gasta ?

La batalla hay que darla no con cartas tan chimbas como las que mandó el antiguo secretario privado de Santos, el señor Mira, fungiendo ahora como presidente de Asocaña. La batalla contra las ideas locas de Petro hay que darlas con cifras en mano y para compararlas, no para estigmatizarlas.

@eljodario

La triple O

El gobierno nacional, a través de la Agencia Nacional Minera que preside doña Silvana Habib Daza, dictó el pasado 19 de abril la resolución 171 mediante la cual establece la creación en Colombia de lo que ya se puede llamar la Triple O: oro, oligarquía, opresión. Aunque la resolución pretende, dizque sanamente,  establecer los criterios que determinen la capacidad económica  de las personas naturales y jurídicas para cumplir actividades de comercialización de minerales, resulta ser un colador para que finalmente en el caso de la compraventa de oro, ese oficio solo lo desempeñen personas muy pudientes, con capital amplio y suficiente, y todo en aras de permitir presumiblemente que sean los grandes consumidores de oro los únicos que puedan comprarles a los mineros llamados intermedios.

Como desde hace unos meses rige el decreto de espanto ,que ni la Cámara de Minerales de la Andi ni los congresistas  ni los alcaldes ni los gobernadores de los departamentos auríferos han sido capaces de cuestionar, y mediante el cual se le fijó un tope  absurdo a la producción de oro desde los barequeros hasta las grandes empresas de minería, esta resolución completa el cuadro para sacar oligarcamente a los pequeños, tanto productores como comercializadores del mercado ,lo que está muy en la línea de este gobierno y de su Ministro de Hacienda, el doctor Mauricio Cárdenas, oligarca de pensamiento, palabra y obra.

Con estas medidas no van a disminuir la producción llamada ilegal de oro. Por el contrario, la van a aumentar con  la opresión porque los pequeños mineros o comercializadores no son bobos y, ante ley injusta, trampa hábil .Pero a los dos grandes cuasi monopolios compradores finales del oro, les quedó el camino expedito para llenar sus bolsillos.

@eljodario

Las nuevas Guerras

Cuando se hizo el Acuerdo Final de La Habana ya se sabía de los grupos disidentes de las Farc que no lo acatarían. También era de conocimiento que los elenos y los pelusos y los gaitanistas ejercían dominio sobre algunas zonas del territorio colombiano. No se había hablado,hay que admitirlo, de los caparrapos.En el Acuerdo no se tuvo en cuenta para los disidentes  una solución distinta a las de condenarlos y cerrarles las puertas  al diálogo. Los otros ni se mencionaron, tal vez  porque con los elenos estaban conversando para buscar un acuerdo y a los demás no los registraban ni en Noruega ni en el escritorio de Alvaro Leiva. 16 meses después los elenos andan en guerra abierta con los pelusos en el Catatumbo,decretan paros que la población civil acata para sobrevivir pero nadie sabe de las acciones militares ante una batalla de esa magnitud y menos que entienden por qué el Ejército solo está de espectador de lo que cada vez crece mas, viéndolos matarse entre ellos.

De la otra guerra, de la que se libra desde hace veinte días en Tarazá entre los caparrapos y los autollamados gaitanistas,se sabe porque llegan oleadas de desplazados a Cáceres, a Caucasia o Tarazá y porque, de vez en cuando El Colombiano registra los episodios de muerte y terror que allá se viven. Por supuesto, del Ejército no se sabe nada y parece estar siguiendo las ordenes del comandante supremo de no meterse, de dejar que los grupos ilegales se maten entre ellos, así el riesgo lo corran los civiles.

Y de la otra guerra, de la que  libra Guacho contra los ecuatorianos, aunque se da en el inexpugnable territorio  colombiano de Tumaco, no nos dice nada el vicepresidente Naranjo , a quien encargaron hace unos meses de hacer el show de comandar las tropas punitivas en ese rincón de la patria.

@eljodario

el 9 de abril en la provincia

La historia del 9 de abril en un país centralista como Colombia quedó apenas consignada para el recuerdo como “el bogotazo” y nunca como “la revolución” que vivieron pueblos enteros a lo largo y ancho del país, de una manera anárquica pero estructurada sobre las bases que Jorge Eliécer Gaitán le había dado al “pueblo”, a esa masa uniforme que lo seguía con fervor porque simbolizaba la antioligarquía, el antilatifundismo y el anticlericalismo. Bogotá fue destruida e incinerada en muchas manzanas de su núcleo central y centenares de muertos sirvieron para adornar, con horrendas fotografías y las crónicas de más de 50 periodistas internacionales que se encontraban acreditados para enviar sus reportes al mundo sobre la Conferencia Panamericana que presidía el general George Marshall. Pero si ese viernes 9 de abril fue cruento en la capital colombiana, el remezón de la muerte del caudillo se sintió a lo largo y ancho de la patria por donde había dejado la huella de su verbo y su deseo de cambiar al país oligarca y latifundista, que, unido a la Iglesia, manejaba sus estructuras.

Desde hace 70 años, las crónicas y recuentos periodísticos sobre ese momento, en que se quiebra la historia del país y se le abren las fauces a la violencia interpartidista, han estado centrados en Bogotá, donde entonces se editaban los diarios de circulación nacional y desde donde se ha querido mirar al resto del país como un territorio provinciano, lejano y desechable. Pero aquel 9 de abril de 1948, el asunto fue peor y pudo haber sido gravísimo donde en vez de surgir espontáneamente hubiese estado conducido por algo más que la venganza. Desde Barranquilla hasta Tuluá, desde Caicedonia hasta Barrancabermeja, “la revolución” se apoderó en horas de muchas municipalidades siguiendo el esquema organizativo que Gaitán le había dado a sus huestes políticas, pero atizados con consignas incendiarias gracias al vértigo que las emisoras, tomadas por la protesta, provocaban dando instrucciones de cómo generar las estructuras de la Colombia que estaba naciendo en medio de los incendios, los saqueos y la frustración de los incultos.

En Tuluá, un vendedor de quesos de la galería, León María Lozano, pasó a la historia, y me sirvió para escribir sobre su gesta en la novela “Cóndores no entierran todos los días,” porque al ver que la turbamulta marchaba por la carrera 26 rumbo a quemar el colegio de los salesianos, salió desde su casa llevando en la mano derecha un taco de dinamita y en la izquierda un cigarrillo encendido y la paró en seco evitando lo que sí pasó en Barranquilla cuando las huestes gaitanistas, luego de saquear las ferreterías se fueron a la iglesia de San Nicolás y le pegaron candela. Era un sentimiento de venganza que cobraba a los dueños del poder, la iglesia y los conservadores, el asesinato de su líder, quien los había señalado por años como los culpables de la situación que se vivía en Colombia, del desequilibrio social y de la pobreza extrema.

Por eso la turba enloquecida se fue en Armero a buscar la iglesia parroquial, después de saquear también, como en todo el país, las ferreterías y los almacenes donde pudieran encontrar herramientas y machetes, y en un acto de crueldad suprema asesinaron al cura Pedro María Ramírez, el mismo que el año pasado el Papa Francisco elevó a los altares en la visita que hizo a Colombia. Ese mismo día, en Alvarado (Tolima), también las huestes vengadoras de Gaitán habían matado al padre Simón Zorroza. Era una explosión de ira contra la Iglesia como lo fue contra los periódicos conservadores. Por esos quemaron el palacio arzobispal en la Plaza de Bolívar y las oficinas del periódico La Defensa en Medellín y de El Siglo en la capital, aunque en Bogotá no se daban cuenta ni había registro de lo que sucedía en la provincia aunque era desde allá, a través de las emisoras que los revolucionarios se alcanzaron a tomar, que trasmitían los hechos que se vivían en las calles bogotanas y daban detalles de como la protesta se volvió motín cuando los presos salieron de las cárceles y se generalizó el saqueo.

Curiosamente no fue en Bogotá, el epicentro de la revuelta, donde se pudo instalar una Junta Revolucionaria que funcionara como sí lo hicieron en casi 100 municipios del país dando paso a una revolución en todo el sentido de la palabra. La Junta de Bogotá, que integraban Jorge ZalameaAdán Arriaga Andrade y Gerardo Molina no pudo sino reunirse en la Quinta Estación de Policía, donde estaban los únicos revolucionarios armados con los fusiles de dotación oficial, los policías liberales. Pero en Peque o en Puerto Tejada, en Riofrio o en Barranca, en Natagaima o en Bolombolo, las Juntas Revolucionarias se tomaron el poder municipal, se aliaron con alcaldes amigos o removieron a los mandatarios conservadores y, sobre todo, trataron de poner orden en los restos que había dejado el caos en que se precipitaron de distinta manera las distintas ciudades en donde la venganza gaitanista surgió espontánea y desbocadamente.

En el Viejo Caldas, algunos municipios donde los conservadores eran mayoría o dueños del poder económico, trataron de contrarrestar la revolución que había florecido en muchos de los poblados cafeteros y alcanzaron a montar Juntas Cívicas que hicieron casi lo mismo. Pero allí, como en todas las ciudades gobernadas fugazmente por los revolucionarios, la esperanza estuvo puesta no en las armas que los policías municipales o departamentales pudieran entregarles a los liberales, sino en la llegada de los soldados del ejército que respaldaban al gobierno de Ospina Pérez, que 12 horas después del asesinato de Gaitán y, mientras Bogotá ardía, había sido capaz de convencer a los jefes liberales antigaitanistas de formar un gobierno de coalición nacional y tratar de recuperar el control que se había perdido en tantos municipios.

En algunos de ellos la revolución alcanzó a durar hasta 10 días como en Barrancabermeja o tan solo un par como en Buga, Armenia o en Pereira. El puerto petrolero tenía organización sindical, la hoy capital del Risaralda tenía el liderazgo del jefe político liberal Mejía Duque y la del Quindío a Óscar Gómez. Y, como las actuaciones gubernamentales una semana después llevaron a disolver las policías municipales y departamentales en donde sus miembros liberales mostraron simpatías revolucionarias, el poder de las armas acudió en apoyo de los liberales acomodados burocráticamente en ministerios, gobernaciones y alcaldías de un gobierno como el de Ospina Pérez que seguía siendo conservador y no a las Juntas Revolucionarias que fueron disolviéndose con el paso de las horas. El gobierno de Bogotá había ganado de nuevo así le hubiese costado muchísimo en vidas y bienes.

Un año después, los conservadores ya habían aprendido de la revuelta y en medio de ella distinguieron quiénes eran los verdaderos jefes de su partido que podrían oponerse a una repetición de la revolución liberal, buscaron entonces a los León María Lozano, a los chulavitas y a los pájaros, los armaron de pueblo en pueblo con los revólveres y las escopetas que repartían, desbarataron el gobierno de coalición nacional y comenzaron oficialmente 9 años de batallas interpartidistas en un período cruento que los historiadores terminaron por llamar “La Violencia”. Los godos en el país andino, los liberales en las planicies del Llano. Es en ese marco que crecen entonces mis personajes de novela y el país, sometido a una censura de prensa estricta, tiene que apelar a casi un centenar de narraciones variopintas que solo buscaban que lo vivido no se olvidara y que, obviamente, no serían admitidas por el centralismo bogotano puesto que hacían parte en su gran mayoría de la realidad de una provincia que prolongó la tragedia del 9 de abril por campos y veredas mientras ellos, los bogotanos, reconstruían su ciudad y le echaban tierra al recuerdo.