Vení Charlemos
Por Jimena Toro Torres
La Navidad llega cada año como una pausa necesaria. No es solo el cierre de un calendario, es una invitación a detenernos, a reflexionar y a hacer balances sinceros sobre lo vivido. Es el momento de reconocer lo bueno que hicimos, lo que dimos con amor, pero también de aceptar aquello que quedó pendiente y que nos invita a hacerlo mejor cuando inicia un nuevo año.
En mi vida, esta celebración tiene raíces profundas. Mi mamá y mi papá nos enseñaron a disfrutar la Navidad desde el compartir con familia y amigos. Nos inculcaron el valor de reunirnos y de cuidar los lazos que nos unen. Cada día de novena es un motivo para reencontrarnos, para conversar, reír y recordar. La Navidad huele a familia, y ese aroma me recuerda a mis padres y a mis abuelos, a sus tradiciones, a sus gestos sencillos y a su forma amorosa de celebrar.
Desde hace varios años, la Navidad también tiene para mí un profundo sentido social. Cada año realizo una campaña para entregar regalos, y este 2025 fue en Buenaventura. Más que un obsequio, lo que realmente importa es ver cómo la solidaridad se impregna en las personas, cómo muchas y muchos quieren dar a otros lo que tienen. Me emociona ver la sonrisa de los niños y las niñas al recibir un juguete, y la gratitud de sus madres, que muy seguramente no tenían cómo comprarlo.
La navidad es mágica, pero no es la fecha la que produce la magia, la crean las personas que amamos y con quienes compartimos. La Navidad vive en los encuentros, no en el calendario.
En esta época veo cómo la gente se vuelve más generosa: en los semáforos, en los barrios, en los pequeños gestos cotidianos. La Navidad despierta algo profundo, una necesidad de ayudar, de tender la mano, de mirar al otro con más humanidad.
Guardo recuerdos que no se borran. En una ocasión, durante una campaña en el sector del Calvario, un barrio históricamente golpeado de Cali, una señora de cerca de 80 años, humilde, pero con un corazón inmenso, se acercó para regalarme unas sandalias y pedirme que se las diera a alguien que las necesitara. Ese gesto me enseñó que la verdadera riqueza está en compartir.
La Navidad también es un tiempo de sensibilidad. Extrañamos más a quienes ya no nos acompañan, a esos seres queridos cuya ausencia se siente con más fuerza. Aun así, su recuerdo nos impulsa a amar mejor. Amo la Navidad, amo compartir un alimento, amo la alegría que irradia. Conservar esta tradición, tan propia de nuestro país y de nuestra gente, es mantener viva la memoria, la familia y la solidaridad.


















