Vení Charlemos
Por Jimena Toro Torres
He llegado a la conclusión de que escuchar a la gente ha sido mi mayor aprendizaje, hace 3 años inicié el ejercicio de Vení Charlemos, en donde más que hablar yo, buscaba escuchar a la gente, conocer historias e intentar cambiar vidas y en esa búsqueda encontré, que oírlos es la forma más honesta y profunda de aprender. Ningún libro, ningún discurso y ninguna cifra logra enseñarme tanto como una conversación sincera con quienes encuentro en mi camino por los municipios del Valle del Cauca. Allí, en cada voz, en cada historia que surge sin adornos, he descubierto lecciones que se quedan tatuadas en el alma.
Conocí el Valle del Cauca, viajando por sus carreteras, sin prisa, dejándome llevar por lo que la gente quería contarme, sentándome en la carretera hacia Buenaventura frente a un fogón de leña, escuchando las historias del vendedor de arepas, sus sueños y visión frente a la realidad diaria en la que vive. En los corregimientos y veredas, he visto a los campesinos caminar entre surcos con un orgullo que solo entiende quien ha sembrado con esfuerzo y ha esperado, día tras día, la bendición de la cosecha. Cuando me muestran el fruto de su trabajo, recuerdo a mis abuelos y su alegría serena, cuando cultivaban algodón, una satisfacción que nace de saber que, aunque la vida sea dura y a veces injusta, su lucha sostiene a todo un departamento. Escucharlos me recuerda que la grandeza no siempre está en lo visible, sino en esas manos anónimas que alimentan a todos.
También he vivido momentos que me estremecen. Recuerdo la historia de una cuidadora que dedicó años a acompañar a su familiar sin esperar nada a cambio. Su voz temblaba cuando hablaba del cansancio, pero también de la fortaleza que uno descubre cuando ama de verdad. Y jamás olvidaré lo que sentí al ver su rostro iluminarse cuando recibió una silla de ruedas que cambiaría por completo la vida de ese ser querido. Era felicidad pura, de esa que nace en lo más profundo y se expresa en una mirada que lo dice todo sin pronunciar una palabra. En ese instante entendí, una vez más, que el mayor aprendizaje no viene de lo que uno entrega, sino de lo que uno recibe cuando escucha.
Porque escuchar no es solo oír palabras. Es reconocer la dignidad del otro, incluso en la diversidad, incluso en la carencia. He visto personas que, aun teniendo tan poco, agradecen con el corazón lleno y ofrecen una sonrisa que desarma cualquier preocupación. Cada historia que encuentro en mi camino por el Valle del Cauca me recuerda, que la verdadera sabiduría está en la gente. En sus luchas, en su resiliencia, en su capacidad de agradecer aun cuando la vida no ha sido generosa. Por eso sigo escuchando: porque allí, en su voz, encuentro siempre mi mayor aprendizaje.


















