VENÍ CHARLEMOS
Por Jimena Toro Torres
Nos enseñaron que los zapatos que cambian vidas existen en los cuentos, como los de Cenicienta o los de Dorothy Gale en El mago de Oz. Zapatos que aparecen en el momento justo para transformar destinos. Pero la realidad, más silenciosa y más dura, nos ha demostrado que esos zapatos también existen fuera de la fantasía. Y que no llevan a castillos, sino a algo igual de valioso: un salón de clase.
Esta semana acompañé a la gobernadora Dilian Francisca a entregar zapatos escolares en instituciones públicas. Es una campaña que inició en 2016 y que, sin duda, es una de las más significativas y emotivas que he vivido. Ver cómo se transforman los rostros de niños y jóvenes al cambiar zapatos desgastados, a veces rotos, por unos nuevos, no solo conmueve: nos cambia la forma de entender la realidad social.
No es que no sepamos que existe la pobreza. Es que pocas veces nos detenemos a mirar cómo se vive, cómo se enfrenta y cómo, incluso en medio de tantas dificultades, hay quienes no renuncian a sus sueños.
Así comenzó todo.
En 2016, un joven estudiante se acercó a la gobernadora con una petición sencilla: no quería que le cambiaran su jornada escolar de la tarde. Al principio, parecía una solicitud más. Pero la verdad era otra.
El joven no podía asistir en la mañana porque no tenía zapatos para ir al colegio.
Cada día esperaba a que su hermano regresara de su jornada escolar al mediodía para prestárselos. Solo entonces podía salir a estudiar. No era falta de disciplina ni desinterés. Era la única forma de seguir adelante.
Ese par de zapatos compartidos sostenía mucho más que sus pasos: sostenía su sueño.
La historia no terminó ahí.
En el Valle del Cauca, ese momento se convirtió en acción. Porque hay historias que no pueden quedarse en la emoción: exigen respuesta. Así nació un programa que hoy llena de orgullo a toda una región. Miles de estudiantes reciben, al inicio de su año académico, dos pares de zapatos: uno de diario y otro para educación física.
Pero el impacto fue más profundo. La comunidad también fue protagonista. Hombres y mujeres aprendieron a coser y fabricar calzado, creando talleres que generan empleo y dignidad.
Hoy, miles de niños caminan distinto. No solo porque tienen zapatos, sino porque sienten que alguien creyó en ellos.
Y entonces entendemos algo esencial: cambiar una vida no siempre requiere magia. A veces, basta con un par de zapatos.


















