
Cada quien habla de la fiesta, como le vaya en ella, es un viejo refrán que refleja con precisión las diferentes miradas frente a la crisis por el virus; generalmente los pensionados, los empleados públicos y la gente con solvencia económica observa la pandemia con mayor tranquilidad, se pueden refugiar el tiempo que sea con la seguridad que la nevera estará llena, la angustia es para los que no tienen esa certeza, dueños de medianos negocios, trabajadores independientes, vendedores etc.
Frente a el caos surgen ideas y expresiones inusuales, la primera dama de la nación invita a izar la bandera, el presidente a rezarle a la virgen de Chiquinquirá y el nuevo embajador de Colombia en Suecia Cesar tulio delgado publica en sus redes que “el coronavirus es una bendición”.
¿podrá ser bendición una tragedia tan espantosa? Jamás una vivencia tan dolorosa podrá ser una bendición para nadie, basta ver las pilas de ataúdes apiñados, gente que está siendo sepultada con el dolor inmenso de su familia que no puede siquiera acompañarlos en su funeral, se cuentan por millares los enfermos acinados en hospitales, la hambruna que vivirá el mundo será sin precedentes, los que no mueran por el virus, morirán de hambre, la recesión económica golpeara de manera brutal, la turba hambrienta saqueara supermercados buscando comida. Los que hablan de bendición sustentan semejante despropósito con los “beneficios” del virus: un aire más puro, ciudades más silenciosas y menos consumo de agua en escuelas.

















