Quiebran el espíritu del más duro los repetidos cuadros de miseria, dolor y desolación que causa esta maldita pandemia, me conmovió ver a un grupo de mariachis muy bien ataviados con sus trajes de charro cantando por las calles y recibiendo monedas de la gente, profesionales saliendo a vender cualquier cosa, otrora prósperos comerciantes desocupando los locales de los negocios que con tanta dedicación atendieron durante años, se cuentan por miles los despedidos de sus empleos, la desazón y la incertidumbre es total, el futuro es incierto, nada es seguro, las graduaciones de los jóvenes bachilleres y nuevos profesionales son virtuales, ese día que con tanta ilusión esperaron durante años se redujo a la llegada de un mensajero entregando el diploma, el brutal confinamiento hace estragos en la salud mental de las personas, tal como se preveía comenzaron los suicidios, las separaciones conyugales y gravísimos enfrentamientos entre los integrantes de las familias; es desgarrador el dilema entre morirse de hambre o que lo mate el virus, todos tenemos miedo, pero el hambre lo supera, hay que generar ingresos como sea; solo unos pocos pueden quedarse relajados en sus casas todo el tiempo los pensionados, los empleados oficiales o de multinacionales que puedan desempeñar sus funciones sin ir a las oficinas, la crisis invariablemente traerá mayor inseguridad, la gente saldrá como fieras a arrebatar por las malas algo para comer. No hay aun gestos reales de solidaridad del sector bancario con la tragedia.
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