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En la tarde del 5 de febrero de 2025, un día después del primer Consejo de Ministros televisado, Gustavo Petro se encerró algunas horas en su despacho ubicado en el tercer piso de “ese lugar helado con pasillos fríos diseñado para asustar, donde el presidente se queda solo”, según sus propias palabras. No estaba completamente solo, pero quiso estarlo. Canceló algunos compromisos, tuiteó apenas cinco veces –pocas para él— y al final del día lo arropó un sentimiento de enojo y tristeza. En una reunión privada con funcionarios que prefieren no revelar su identidad, al presidente se le cayeron un par de lágrimas de impotencia. Quiso volver a estar solo. Pero el poder estaba ahí.

El país vio ese día en vivo y en directo las heridas de su gabinete en llamas. Dicen que Petro no volvió a ser el mismo desde entonces, pues se sintió traicionado, irrespetado y hasta humillado. Tomó la decisión de apartar a algunos funcionarios que eran “del proyecto” o “sectarios”, como los nombró, y en cambio acercó a otros que asumieron más poder como algo que se presta sin términos ni condiciones.

Quizá no hay un presidente de Colombia que haya renegado públicamente tanto del poder como Gustavo Petro y, al mismo tiempo, haya aprovechado ese poder para moldear su realidad y la de millones de personas a su antojo. Pero sobre todo: que haya permitido que con ese poder aquellos a su alrededor saquen provecho del cuarto de hora para sus intereses particulares.

Mañana viernes 7 de agosto terminan cuatro años de mandato del autodenominado “primer gobierno de izquierda” en el país y la sensación que deja el mandatario saliente es que nunca se sintió cómodo al ejercer todas las funciones que implica ser jefe de Estado. Ya no solo por esas frases que tanto repitió en extensos discursos como “ganamos el gobierno, no el poder”, “el verdadero poder lo tiene el pueblo” o, al revés, que “el poder en Colombia lo tiene el gran capital”, sino porque tuvo una relación que parece “tóxica” con la responsabilidad de ejercer su cargo.

Lo suyo fue el poder a imagen y semejanza: llegar tarde a la mayoría de citas y eventos; romper protocolos de todo tipo, empezando por su vestimenta; escaparse de su propio equipo más cercano –como en tantos viajes al exterior–; tomar decisiones improvisadas en todos los frentes; imponer símbolos –la espada de Bolívar, la bandera de Guerra a Muerte, el sombrero de Pizarro, la sotana de Camilo Torres–; tuitear frenéticamente –con mala ortografía y al filo de la noche y de la madrugada—; rotar ministros hasta cuatro y cinco veces por cartera; firmar sobre mármol (literalmente) una promesa, como la de no hacer una Constituyente, y luego hacer todo lo posible para incumplirla.

Son apenas algunas de las acciones negativas que vimos estos cuatro años en los que Petro ejerció el poder creyendo que era suyo y por eso nunca aceptó los resultados en los que perdió su candidato Iván Cepeda —que parece, a su vez, no haber querido realmente estar en Palacio–. Pero el poder, dicen los teóricos, no se puede tener sino que se ejerce. Y Petro, a tientas, lo ejerció como quiso: caótico. Y como pudo: peleando y atacando a la oposición, a las altas cortes y los jueces y a la prensa.

Pero también luchando contra él mismo. “No estoy pensando en cómo perpetuarme en el poder. Me aburre el poder. Por ahí andan: ‘Es que no llegan a todas las citas’, es que a mí me harta el poder. Yo no quiero ser un viejo adicto al poder y aquí hay muchos. Yo quiero escribir, otras cosas”, dijo en octubre de 2023 cuando apenas llevaba un año de mandato.

Alejandro Gaviria, ministro de Educación de Petro apenas en los primeros meses, definió esa doble condición como una puja “entre el consensualista y el radical”, es decir, un mandatario que al principio quiso tender puentes, hacer acuerdos, matizar posiciones. Pero luego se estrelló con su faceta extremista cuando alguien o algo –un ministro, un juez, un periodista, un tuitero, un presidente gringo, un artista, su exesposa, un tribunal, un ente de control, un video con IA– le decían que no.

Su respuesta ha sido querer imponer sus ideas con la amenaza constante de la movilización en las calles o saltándose las reglas de la democracia que tiene pesos y contrapesos; como las constantes peleas con el Congreso cuando no le aprobaban sus proyectos, sea la reforma a la salud criticada por expertos o un trámite legislativo menor. Hasta en eso habita su doble faceta: graduó a algunos senadores de “hps”, literalmente, por oponerse a la consulta popular, pero al mismo tiempo el Ejecutivo movía mermelada en la Cámara de Representantes con “los de siempre” para hacer aprobar otros proyectos.

“Él siente que todo el mundo lo ha traicionado”, dice un funcionario en Presidencia y agrega: “Alguna vez me dijo que lo primero que hace cualquier persona es pedirle algo y nadie nunca le pregunta cómo está”.

Quizá eso último sea un lamento de cualquier poderoso, pero en Petro hay otra faceta relacionada con el poder, según sus críticos: el cinismo. Dijo, por ejemplo, en su último discurso como mandatario el pasado 20 de julio ante el Congreso que “no hubo estallidos sociales en mi Gobierno. Y por eso cuando hubo conflictividad social y política con la oposición, nadie perdió un ojo, nadie murió. Este Estado no asesinó a nadie, no llevé a nadie a la cárcel”. Pero olvidó mencionar que durante su mandato asesinaron a Miguel Uribe Turbay, precandidato presidencial y uno de los líderes de la oposición.

Por eso su viuda, María Claudia Tarazona, le reclamó: “¿Qué tal? Gustavo Petro acaba de decir en su discurso falso y mentiroso, que no murió nadie de la oposición. Como es capaz de decir eso, cuando es cómplice del asesinato de Miguel Uribe Turbay, el líder de la oposición en Colombia. Sinvergüenza, mentiroso, corrupto”. Tarazona y su familia han dicho que Petro instigó a Uribe Turbay y que es el responsable político de su muerte.

Hay otros ejemplos, pero para solo citar uno más que generó indignación: Petro sugirió que la familia de Kevin Acosta, el niño de siete años con hemofilia que esperaba un medicamento de la Nueva EPS –intervenida por el Gobierno– tuvo responsabilidad en su muerte por permitirle montar en bicicleta. Ese es el retrato del fracaso en su política de salud que se vio reflejado en pérdidas patrimoniales históricas, más de un millón de usuarios desprotegidos y cifras récord en el desabastecimiento de servicios, según un informe reciente de Así Vamos en Salud.

El cinismo tiene otras caras, pero se exacerba con el mal uso del poder. Este diario hizo el recuento de los escándalos del Gobierno Petro y sumaban 90 hasta hace unas semanas; por lo que ha sucedido desde entonces parece que son más de 100.

La gente cercana a Petro que habla bajo reserva dice que él jamás sería capaz de robar ni un solo peso. Y la justicia no ha dicho lo contrario. Pero permitir corrupción a su alrededor también es un tipo de corrupción. Bastaría con mencionar el caso de la UNGRD, un desfalco de 1.27 billones de pesos bajo la administración del confeso corrupto Olmedo López, puesto por la izquierda. Pero también el CNE determinó que su campaña hizo trampa al volarse los topes electorales en 2022.

El poder corrupto se extendió a todos los niveles y casi ninguna cartera se salvó. En este gobierno no se inventó la corrupción, pero tomó la forma de un nuevo poder: el que hace lo contrario a lo que promete. Y, dirían algunos, el que se traiciona a sí mismo.

Sin embargo, el poder de Petro también se vio reflejado en el cambio de discurso. Durante este mandato llegaron a cargos importantes personas que no habían sido siquiera considerados antes en ninguna administración: líderes afro –empezando por la vicepresidenta Francia Márquez–, indígenas, sindicalistas y activistas LGBTI. Aunque la representación no es suficiente en términos simbólicos tuvo otro significado para un país tan diverso. También cambió el discurso sobre los pobres, el énfasis en lo popular y puso en el foco poblaciones históricamente discriminadas. Incluso, motivó la discusión sobre la reforma agraria y la entrega de tierras.

Pero el cómo salió mal. “El poder para qué”, recuerda con frecuencia Petro al liberal Darío Echandía. Y el presidente quiso cambiar varias cosas que funcionaban, como la expedición de los pasaportes, para imponer su forma de hacerlo y resultó mal hecho. Lo mismo le sucedió como alcalde de Bogotá con el modelo de basuras. Cambiarlo todo para que todo siga igual.

Otra cara del poder, aunque curiosa, tiene que ver con la huida. Petro quiso huir –¿de sí mismo? ¿del poder?– durante los cuatro años que gobernó al país. Escoltas de su esquema de protección cuentan a este periódico que en ocasiones, y así lo aceptó públicamente Augusto Rodríguez, el mandatario tomaba otras aeronaves distintas a las de la Fuerza Aéarea Colombiana y que incluso se transportaba en vehículos polarizados con un menor número de escoltas –varios exM-19– para escaparse. Petro ha dicho que esa actitud obedece a sus tiempos de guerrillero cuando tenía que huir porque si lo atrapaban lo torturaban los militares. Y que luego se debió a las amenazas de muerte, varias eran reales y su familia tuvo que exiliarse. Pero ya como presidente, hubo otras que según fuentes de inteligencia no tenían mayor sustento. Petro huía y huye. Y el poder sigue ahí.

El Presidente se fue quedando solo desde antes de ese Consejo de Ministros de febrero de 2025. Los lazos con su círculo familiar venían rotos: ya no convivía con Verónica Alcocer –hasta solo esta semana aceptó que es su exesposa– y vivía en Palacio con Antonella, su hija menor. Además, su hijo mayor, Nicolás Petro Burgos –a quien, dice, no crió– terminó condenado al ostracismo por sus acciones pues le han imputado siete delitos, incluyendo presunto enriquecimiento ilícito, lavado de activos, interés indebido en la celebración de contratos, peculado por apropiación, tráfico de influencias, falsedad en documento público y privado, y falso testimonio.

“El poder desbarató a mi familia”, dijo hace unos meses. Pero al mismo tiempo, su novia Vanessa Cortés, conocida como “la mujer de Panamá del vestido azul” se convitió en una empresaria próspera en menos de tres años: creó una empresa que ahora tiene bienes raíces y activos por más de 600 millones, según reveló La Silla Vacía.

La soledad del poder es común en todos los mandatarios, pero Petro encontró refugio en un círculo reducido de personas considerados “yes man”, que le decían que sí a todo. Algunos de ellos, como Armando Benedetti, también tienen una relación tóxica con el poder pero lo necesitan. Una persona de ese círculo le dijo a EL COLOMBIANO para esta crónica que “la revolución es una locura y uno necesita un par de locos para hacerla y él (Petro) supo con qué locos podía contar”. Petro dijo, de hecho, que la mayor virtud de Benedetti es que era “loco” y lo comparó con Jaime Bateman, el líder guerrillero del M-19.

Quizá tenga que ver con los secretos que le guarda Benedetti a Petro. Como contamos hace un año en estas páginas, era Benedetti quien en 2022 le llevaba “mujeres extrañas” a Petro en medio de fiestas que duraban toda la noche, según el coronel (r) William Castellanos, entonces jefe de seguridad del candidato.

En medio de esa “locura”, aún queda un episodio sobre lo que viene con el cambio de gobierno. Conviene recordar una columna de Antonio Caballero publicada en 2008, “jinete de tigre”, que decía que el entonces expresidente Álvaro Uribe era el jinete subido a un tigre que es el poder. “No se puede desmontar, porque en ese mismo instante el tigre se lo come”. Si se bajaba del poder se lo “comían” los suyos sintiéndose traicionados.

Eso le pasa al saliente presidente que ya anunció que será presidente del Pacto Histórico y que se tomará solo unos meses de vacaciones. Lo veremos promoviendo otras teorías conspirativas sobre fraude electoral y movilizando a la gente en las callles desde la red social X. Si se baja se lo comerían los suyos: los Benedettis, Sarabias, Olmedos, Julianas, Roas y la cantidad de cuestionados colaboradores que se aprovecharon del poder.

Como la novela de Eduardo Zalamea Borda, recordaremos a Petro como el presidente que estuvo “cuatro años a bordo de sí mismo” mientras sigue aferrado al tigre.

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