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Hablar de Buenaventura es reconocer dos realidades que conviven, el dolor y la esperanza, Buenaventura se ha construido con una ciudadanía resiliente, que inspira, que a pesar del dolor que le ha tocado vivir, se levanta cada día con una fuerza admirable: mujeres, hombres, jóvenes y líderes que siguen luchando para construir un futuro mejor, que, en cada calle, en cada casa, en cada rostro reflejan la fortaleza de una comunidad que no se rinde.

Buenaventura nos duele, porque la violencia que intentan imponer algunos grupos armados amenaza la tranquilidad de sus habitantes, siembra miedo en los barrios y mancha de dolor el puerto más importante del Pacífico colombiano. Pero también inspira, porque a pesar de esas adversidades, encontramos mujeres que, con sus manos creativas, tejen esperanza a través de la modistería, que, con la gastronomía, la sazón y el sabor tradicional del pacífico vallecaucano, le recuerdan al mundo que la tradición y la cultura también son resistencia.

Son ellas quienes, con la sonrisa característica de la gente del Pacífico y el entusiasmo de siempre, convierten las dificultades en oportunidades para sostener a sus familias y abrir caminos a nuevas generaciones. También son los jóvenes y los líderes barriales quienes, con pintura, música, deporte y cultura, han demostrado que la unión comunitaria puede transformar los espacios y devolverles vida a las calles.

Maestros que siguen fortaleciendo el liderazgo en la formación de jóvenes, enseñándoles que a través de sus acciones se puede cambiar el futuro de las nuevas generaciones, que no se puede sucumbir la esperanza ante los hechos de maldad, porque siempre ellos serán una minoría.

Sí, es cierto que Buenaventura tiene enormes desafíos: falta de empleo, acceso limitado a servicios básicos y, sobre todo, el dolor constante que generan los actos violentos de unos pocos que buscan apropiarse del territorio a través del miedo. Pero también es cierto que este puerto se ha ido transformando gracias al esfuerzo de su gente y al compromiso de quienes, desde la institucionalidad y desde el barrio, creen que otra historia es posible.

Hoy, más que nunca, debemos reconocer que la fuerza de Buenaventura no está en las armas, sino en la capacidad de su gente para unirse, trabajar en equipo y construir juntos. En momentos difíciles, cuando el temor parece imponerse, la única salida es reforzar la solidaridad, multiplicar las voces de quienes apuestan por la vida y cuidar ese tejido comunitario que siempre ha sido ejemplo para todo el país.

Si me duele Buenaventura, pero también me llena de esperanza, porque sé que cada acto de unión, cada proyecto comunitario, cada gesto de ayuda mutua, es una victoria contra la violencia. Y es allí, en esa unión que nace en medio de la

adversidad, donde está la verdadera fortaleza de este pueblo pacífico, resiliente y capaz.

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